PON UNA MINERVA EN TU VIDA!

Sabes que Barcelona esconde un secreto?
Conoce a las Minervas y lo descubrirás...


Si eres de las que están hasta las narices de la crisis, la recesión, el paro y todas las fantásticas noticias que nos regalan cada día los telediarios, ¡pásate al universo paralelo de las Minervas!
¿Piensas que vives en un piso de un edificio decrépito que sólo tiene de nuevo los intereses del euribor? ¡Quizás te equivocas! y tu piso es mucho más de lo que crees y esconde increíbles secretos...
Mira la vida desde otra prespectiva llena de humor, fantasía, magia y glamour. ¡Pon las Minervas en tu vida!
Si buscas la calidad literaria de El Quijote o la pericia narrativa de Gabo, ¡no leas esta historia! :-) pero si quieres pasar un buen rato en la playa, en el metro o en un parque ¡leela! y recuerda que en muchas ocasiones la realidad supera a la ficción...
Además, quien sabe si quizás seas una de las afortunadas que pueda lucir una Minerva en su solapa ;-)

martes, 12 de abril de 2011

Capítulo 10: El jardín prodigioso (II PARTE)

-Un momento, noto algo extraño en el bolso- dije abriéndolo. Mi sorpresa fue suprema al ver cómo la muñequita del broche movía sus brazos señalando el fondo del portal, exactamente donde había el habitáculo de la portera. -¡Mirad se mueve!- dije con cara de sorpresa. Martina, Rosa y Rita vinieron rápidamente a ver la curiosa escena. Todas nos quedamos totalmente anonadadas ante el pequeño prodigio. -¡Es cierto y señala hacia allí!- dijo Rita exaltada. -Venga, vayamos hacia el habitáculo de la portera a ver qué nos quiere decir la muñequita- añadió Martina mientras se dirigía, sin pensárselo dos veces, hacia la bonita portería. Una vez allí intentó abrir la puerta acristalada pero no pudo porque estaba cerrada con llave. Rosa, que como ya he dicho muchas veces es una auténtica manitas usó una de sus horquillas para intentar abrir la cerradura y, ¡cómo no!, lo consiguió. El habitáculo era realmente pequeño, de hecho no cabíamos las cuatro, así que decidimos hacer turnos para inspeccionarlo. En un primer turno Martina y Rita, ansiosas perdidas, se encargaron de revisar lo más detenidamente posible la diminuta habitación, mientras Rosa y yo vigilábamos que ningún vecino nos pillara in fraganti. Su búsqueda fue totalmente infructuosa, así que entramos Rosa y yo. Se me ocurrió sacar la muñeca por si nos quería “decir” algo más, y sí, empezó a señalar con su pequeña manita el suelo situado bajo una antigua mesa camilla. Martina se tiró al suelo como si le fuera la vida. Apartó el mantel y la alfombra de debajo. A juzgar por los dedos de polvo que escondía llegamos a la conclusión de que no se había limpiado en decenios, y entonces descubrimos una trampilla. -¡Mirad una puerta!- gritó Martina separando el polvo que tapaba el tirador de la puerta. A las cuatro el corazón se nos había desbocado totalmente, por fin habíamos encontrado algo. No nos lo podíamos creer pero todo aquello no era un sueño, era totalmente real. Martina estiró de la anilla de la puerta y ésta cedió sin ningún esfuerzo. Debajo de aquella puerta sólo pudimos observar la oscuridad. No se veía nada, sólo se adivinaban unas escaleras que iban a parar a un pasillo estrecho. Ni cortas ni perezosas decidimos entrar. A pesar de la densa oscuridad no teníamos ningún miedo. Rita, fumadora ocasional, siempre llevaba un mechero en el bolso y debo decir que nos fue de perlas para iluminar el trayecto. Al encender el mechero pudimos ver que el pasillo estaba totalmente adornado con motivos vegetales tanto pintados como de escayola al más auténtico estilo modernista. La gran cantidad de polvo y telarañas que cubría las paredes nos indicaba que nadie había pasado por allí en muchísimo tiempo. Tras andar varios metros por aquel túnel empezamos a ver un resplandor que supusimos que correspondía al final del pasillo. Seguimos avanzando en silencio, sólo nuestra respiración y nuestros pasos rompían aquella atmósfera intrigante. La claridad se iba haciendo patente, tanto, que pudimos prescindir de la luz del mechero. Por fin llegamos al final del pasillo y sólo una puerta acristalada, preciosa, muy recargada con detalles en oro, incrustaciones de gemas y unas magníficas vidrieras de colores llenas de motivos vegetales y árboles nos separaba del exterior. Abrimos la puerta muy despacio y lo que apareció tras ella nos dejo boquiabiertas. Un increíble y extenso jardín se abrió ante nuestros ojos, frondoso como ninguno y lleno de vida por todas partes. Parecía como si los motivos vegetales y animales esculpidos o que formaban parte de las típicas vidrieras modernistas hubieran cobrado vida en aquel jardín. En él, pájaros exóticos, mariposas e insectos estrafalarios paseaban de un lado a otro muy ajetreados transportando el polen que cogían de gran variedad de flores tan magníficas como nunca antes habíamos visto y que lo envolvían todo con su aroma sobrenatural. En el centro del jardín había dos inmensos árboles cubiertos de hojas de oro y por todas partes había pequeños árboles frutales en los que frutos jugosísimos se intercalaban con frutos hechos de piedras preciosas. De todas las maravillas que había en el inesperado edén nos llamó mucho la atención una parra, las uvas de la cual emanaban una preciosa luz violeta que tenía un poder de atracción sin igual. Martina y yo nos estiramos en el suelo del magnífico paraíso mientras Rita y Rosa se dedicaron a probar los suculentos frutos de los árboles, comprobando para sorpresa de las cuatro, que al arrancar un fruto salía inmediatamente otro de las mismas características. Estábamos totalmente extasiadas. -Dios mío, nunca hubiera podido imaginar que existiera algo así. ¡Ni en mis mejores sueños! Parece sacado de un cuento, pero es real y ¡en pleno centro de Barcelona! ¿Cómo puede ser que nadie supiera de su existencia?- preguntó Martina en voz alta mientras acariciaba una preciosa fresa hecha de rubís y diamantes. -¡Es increíble! ¿Mi padre conocía esto? ¡Y porqué no me había dicho nada!- añadí incrédula. -Creo que sí debería saberlo. Al fin y al cabo, todo empezó en una vitrina de su bodega. Por eso no dejaba que nadie bajara sin su permiso, hasta que tú lo hiciste…- dijo Rosa. -¡Es cierto, además esa noche la bodega no estaba cerrada con llave y él siempre la cerraba con llave, ¡siempre! Parece que quisiera que descubriera todo esto- dije atando cabos. -¿Pero, porqué?- preguntó Rita. -Eso no lo sé. Quizás más adelante lo sepamos- contesté encogiéndome de hombros. Nos quedamos un rato más en el fantástico edén comiendo de aquellas maravillosas frutas y disfrutando del delicioso paraje. Transcurridas unas horas decidimos irnos porque se estaba haciendo tarde. Ahora ya sabíamos de su existencia y podíamos volver en cualquier momento que creyéramos conveniente. Cerramos la preciosa puerta y recorrimos el pasillo a la inversa hasta que llegamos de nuevo al habitáculo de la portería. Volvimos a dejarlo todo tal y como lo habíamos encontrado, para que nadie que pudiera entrar notara que alguien había estado allí, y menos que descubriera la puerta secreta. Haber comido aquellas frutas nos había dado un montón de energía, optimismo y vitalidad, nos sentíamos increíblemente bien. -¿Chicas no os encontráis divinamente? Esta mañana cuando me he levantado estaba molida por el ajetreo de estos días y por el viaje. Me dolía todo el cuerpo y tenía una cara que parecía que me había pasado la noche picando piedra en Siberia. Sin embargo, ¡ahora estoy como nueva! - dijo Martina mirándose en el espejo retrovisor del coche. Entonces tocándose las mejillas con las dos manos y con cara de incredulidad añadió: -No puede ser, pero…- - Si, yo también me encuentro de maravilla. ¿Qué es lo que no puede ser?- pregunté curiosa. Rita y Rosa también se encontraban mejor que nunca. -Chicas, ¿no me veis más joven? ¿Dónde están mis odiosas e incipientes patas de gallo?, ¿y mis surcos al reír? A ver, no es que fuera una carcamal, muchas se darían con un canto en los dientes para mantenerse como yo a los treinta y tantos, pero yo tenía mis “maravillosas” primeras arruguitas dispuestas a recordarme cada día que me estoy haciendo mayor, las muy odiosas... Miradme ahora, ¡no tengo ni una!, ¡tengo el cutis como a los 20 años! - dijo mirándose detenidamente en el espejo retrovisor. - ¡Es cierto, se te ve más joven! ¿Y nosotras?- contestó Rita. - Bueno, vosotras estáis igual, pero claro con vuestra edad… Sois unas niñas, y con la vidorra que os pegabais en vuestra época, sin estrés, contaminación, sin trabajar… poco podíais envejecer. Desde luego, me estáis arreglando la vida. Cómo me gustará ver la cara de algunas lenguas viperinas operadas, cuando me vean- añadió Martina con una carcajada. - Tienes razón, nosotras estamos diviiinas- asintió Rita empolvándose la nariz. -¿Crees que pueden ser las frutas del jardín las que te han rejuvenecido?- dijo Rita asombrada. -¡Pues tienen que ser o las frutas o un milagro!- le contestó Martina muy sonriente. -¡Claro!, ¡alguna propiedad tenían que tener!, ¡su aspecto y su aroma son totalmente sobrenaturales!- dije contentísima. -Cada vez estoy más sorprendida, ¿qué más podemos encontrar?-añadí. -Bueno, tomemos las cosas con precaución. Acabamos de empezar con esto- dijo Rosa tan precavida como siempre.