PON UNA MINERVA EN TU VIDA!

Sabes que Barcelona esconde un secreto?
Conoce a las Minervas y lo descubrirás...


Si eres de las que están hasta las narices de la crisis, la recesión, el paro y todas las fantásticas noticias que nos regalan cada día los telediarios, ¡pásate al universo paralelo de las Minervas!
¿Piensas que vives en un piso de un edificio decrépito que sólo tiene de nuevo los intereses del euribor? ¡Quizás te equivocas! y tu piso es mucho más de lo que crees y esconde increíbles secretos...
Mira la vida desde otra prespectiva llena de humor, fantasía, magia y glamour. ¡Pon las Minervas en tu vida!
Si buscas la calidad literaria de El Quijote o la pericia narrativa de Gabo, ¡no leas esta historia! :-) pero si quieres pasar un buen rato en la playa, en el metro o en un parque ¡leela! y recuerda que en muchas ocasiones la realidad supera a la ficción...
Además, quien sabe si quizás seas una de las afortunadas que pueda lucir una Minerva en su solapa ;-)

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domingo 2 de enero de 2011

Capítulo 10: El jardín prodigioso (Parte I)


Martina, tremendamente organizada, sacó el papel en el que había apuntado las direcciones en las que se ubicaban las estrellas del mapa y se dedicó a trazar un itinerario.
-A ver, hoy podríamos empezar por estas dos. No creo que nos dé tiempo a más. Además, no sabemos ni cómo vamos a entrar en esas casas, supongo que estarán habitadas… Bueno ya nos las apañaremos. Venga vamos al coche. Por cierto Minerva, ¿has cogido el broche?-dijo mientras mordía el lápiz víctima de los nervios y la emoción.
-Sí, lo llevo en el bolso. Seguro que sirve para algo, como el otro colgante-contesté.
Cogimos el coche y nos dirigimos a la primera dirección del itinerario, calle Girona 118. Sobre el número 118 del mapa había dibujada una barra de pan y lo que parecían unas galletas, pensamos que debería tratarse de una panadería o una pastelería, aunque realmente no teníamos ni idea. El tráfico de Barcelona aquellas horas de la mañana era terrible. ¡Cómo podían haber tantos coches!, era increíble. En nuestra época sólo circulaban unas decenas y casi todos de amigos y conocidos de la familia y del barrio. ¡Cómo había cambiado todo! Finalmente, después de lo que nos parecieron siglos, llegamos a la dirección en cuestión. Miramos y remiramos el edificio y no vimos ni rastro de nada que nos pudiera recordar a un pan, unas galletas o una panadería. Entonces, muy oportunamente, salió del añejo edificio de al lado un anciano que por lo menos tenía 100 años.
-Mirad, podríamos preguntarle a ese señor si sabe de alguna panadería, pastelería o algo relacionado con pan y galletas que pueda estar en el número 118. ¿Qué os parece?- dijo Martina.
- Pues creo que es perfecto. No tenemos nada que perder. Quizás nos pueda dar una respuesta- contesté mientras Rita y Rosa asentían con la cabeza.
-¡Perdone señor! Buenos días- dijo Martina.
-Buenos días señoritas- contestó amablemente el anciano señor.
-Mire, le querríamos preguntar si conoce alguna panadería o pastelería por aquí. Es que nos han dicho que hay una en el número 118, pero no es así- dijo Martina esperando la respuesta con avidez.
-¿Una panadería?, ¿en el número 118? Si… ya lo creo- dijo mirándonos a las tres.
Al oír esto se nos pusieron los ojos como platos.
-¿Y dónde está? ¿Por dónde se entra? No la vemos- siguió interrogando Martina.
-Pues dudo mucho que puedan entrar. En el número 118 había una de las panaderías modernistas más bonitas de Barcelona. Los dueños eran los señores Martorell, de los Martorell de toda la vida, una familia entrañable y encantadora. ¡Qué pan tan delicioso hacían!, el mejor de Barcelona sin duda. También hacían unas galletas buenísimas, jamás he vuelto a comer unas galletas como aquellas. Venía gente de toda la ciudad a comprar aquí, se montaban colas larguíiiisimas. De hecho yo trabajé en ella despachando durante un tiempo, cuando era muy joven. Pues como les comentaba, no podrán entrar nunca en esa panadería porque, como muchas otras tiendas, fue derribada sin piedad, en su lugar creo que hay una tienda de los chinos. La desaparición del Forn Martorell fue un momento muy triste para el barrio y para la ciudad- nos contó el anciano con aire melancólico.
-Vaya, ¿y usted sabe dónde podríamos encontrar a alguien de la familia Martorell?- dijo Martina.
-Pues la verdad es que no. Vendieron la panadería y desaparecieron como si se los hubiera tragado la tierra. Nunca más volvimos a saber de ellos. En el barrio se comentó que habían emigrado a Argentina, pero nunca lo supimos realmente- contestó el anciano.
-Vaya, qué lástima. Muchísimas gracias por su ayuda- dijo Martina.
-No hay de que, señoritas. La vida pasa y lo viejo da paso a lo nuevo, pronto yo también seré un recuerdo que se irá desvaneciendo con el tiempo- añadió el amable señor mientras se alejaba con paso parsimonioso.
-Mis temores se han hecho realidad. Esta panadería ha desaparecido y lo que me da más miedo es que las otras estrellas del mapa también se hayan “apagado”… ¿Creéis que nuestras galletas pudieron salir de aquí?- dijo Martina con tono de decepción.
- Pues creo que es muy probable. ¿Si no por qué iba a salir una panadería en ese mapa? – dijo Rosa.
- Es terrible. Debemos conservar esas galletas como oro en paño porque probablemente serán las últimas que existan- dije muy afectada.
Las cuatro nos quedamos muy cabizbajas y desanimadas, no sabíamos si todos los edificios, tiendas o lo que fuera que marcaban aquellas estrellas
habían sido destruidos con el paso de los años. Para nosotros suponía una verdadera tristeza y desolación. Martina al ver nuestras caras de pena intentó animarnos.
-Bueno, no seamos pesimistas. Seguiremos nuestra búsqueda. Seguro que el resto de las casas están intactas-
-Esperemos que así sea…- dijo Rosa muy desanimada.
De nuevo cogimos el coche y nos dirigimos a la siguiente dirección del itinerario que Martina había trazado, estaba realmente muy cerca de la anterior. La siguiente estrella marcaba la calle Ausiàs March números 42-46 y el dibujo que aparecía en esa posición del mapa eran unos árboles. Aparcamos el coche y fuimos andando hasta la dirección en cuestión y fue entonces cuando pudimos comprobar que en los bajos del edificio había dos preciosos árboles esculpidos que parecían sostener el edificio. Nos pusimos contentísimas, por lo menos esta casa no había sido derribada. Lo difícil sería entrar y encontrar el “secreto” que escondía…
Nos acercamos al portal y miramos a través del cristal. No había ningún conserje ni portera a la vista, es más el interior estaba en unas condiciones bastante precarias. Así que decidimos llamar a algún timbre con la intención de entrar a inspeccionar.
-Dejad, ya pico yo- dijo Martina apretando todos los botones a la vez. Tardaron bastante en contestar. Pensamos que era normal, siendo como era horario laboral, que la gente no estuviera en casa. Finalmente, un hilillo de voz, que sin duda articuló una anciana, contestó:
-¿Si? -
-Soy la cartera. ¿Me abre?-contestó Martina. Y entonces tras oírse un chasquido la puerta de abrió.
-Desde luego, muchas alarmas y chismes de seguridad para que luego con algo tan sencillo como decir que eres el cartero la gente te abra sin ningún temor…-dijo Martina guiñándonos un ojo.
Entramos en el edificio y empezamos a mirar por todas partes para ver si había alguna señal que nos pudiera indicar por dónde teníamos que continuar. La verdad es que todo estaba muy destartalado, como en ruinas. Tras un rato escudriñando el portal sin ningún éxito me di cuenta de que algo se movía en mi bolso.

2 comentarios:

Mademoiselle Jolie dijo...

Estamos de sorteo! Pasate!!

soka dijo...

que bonito! estaré esperando con ganas la segunda parte.
soka