-Por cierto, ¿has estado en alguna cata alguna vez?- me preguntó.
-Pues no, esta será la primera- contesté tímidamente.
-v has de seguir mis indicaciones y sobre todo disfrutar- dijo tomando una copa por el pie y llenándola aproximadamente un tercio. Entonces me empezó a explicar que primero debía llevar la copa a la altura de la cintura para poder ver la parte superior del vino en la copa y que después debía acercarla a la altura de los ojos para poder ver su grado de limpidez y al mismo tiempo las lágrimas y la efervescencia. Tomó mi mano y me hizo coger la copa, la cara me iba a explotar de tanto rubor. Mientras acercaba la copa a mi nariz me iba explicando lo que tenía que hacer. En un primer lugar se trataba de oler el vino sin agitarlo de forma que observara los aromas primarios que son aquellos que provienen de la uva y de la tierra. Después se trataba de agitar la copa para obtener los aromas secundarios que son los que provienen de la fermentación y después dejando reposar la copa volvería a oler el vino para obtener los aromas terciarios que son los que provienen de la conservación, crianza y envejecimiento. Una de las partes más curiosas del proceso fue cuando debía introducir la lengua en la copa para percibir las sensaciones dulces en la punta, ¡era de lo más erótico! Aunque debo reconocer que lo más “original” era tener que escupir el vino una vez saboreado. Sinceramente, prefería tragármelo, porque escupir no entraba en lo que yo consideraba que debían ser los modales de una chica fina como yo, lo encontraba de lo más barriobajero. En realidad, a mí todo aquello me parecía muy complicado, es más, todos los vinos me olían y me sabían igual, pero estaba encantadísima con sus
explicaciones y con la pasión con la que me describía cada vino, se notaba que disfrutaba con cada aroma, cada sorbo, cada palabra.
Cuando acabamos pasamos a una sala anexa que tenía unas vistas increíbles de los viñedos y de la Serra del Montsant. En la magnífica sala había una mesa preparada con todo lujo de detalles y al lado de la mesa había un carrito con diferentes platos cubiertos con campana de plata.
-Tú siéntate aquí que tendrás mejores vistas. Si te parece serviré yo la comida porque así estaremos más cómodos. ¿Te parece bien?- dijo Arnau.
-Sí, ¡me parece perfecto!- dije encantada.
La comida fue deliciosa, y su compañía mucho más. Charlamos animadamente durante todo el ágape, de todo en general y de nada en particular. Tengo que reconocer que con el vino cada vez me costaba más no meter la pata y ocultar mi secreto.
Cuando acabamos de comer estaba oscureciendo y decidimos volver para que no se hiciera excesivamente tarde.
Gracias a Dios el viaje de vuelta fue más tranquilo, principalmente porque la modorra postprandial me hizo dormir como una marmota y cuando desperté, la parte tortuosa del trayecto ya había pasado. Finalmente, y habiendo anochecido del todo, llegamos a mi casa
-Bueno, ya hemos llegado- dijo Arnau tímidamente. La verdad es que me extrañó esa timidez repentina.
-Sí, ya hemos llegado. Tengo que decirte que me lo he pasado de maravilla. Eres un anfitrión encantador. Todo ha sido perfecto, bueno, todo excepto yo que soy una patosa…- dije avergonzada intentando disculparme una vez más por todas mis meteduras de pata.
-¡No digas tonterías!, eres una chica realmente especial y divertida. Sin ti, no me lo habría pasado ni la mitad de bien- dijo mirándome a los ojos. Haciendo grandes esfuerzos pude mantener su mirada mientras sentía unas cosquillas en el estómago que me daban ganas de reírme a carcajadas con una especie de risa nerviosa. Después de mirarnos unos segundos Arnau se acercó a mí, me rodeó con sus brazos y nos besamos. Si hubiera tenido que definir ese beso en una cata, os aseguro que hubiera obtenido la mejor puntuación en todos los aspectos. Después del esperado “inesperado” beso, nos quedamos unos instantes en silencio. Él, que siempre tenía la palabra adecuada no sabía que decir y yo, siempre tan echada para adelante, me había quedado muda como si me hubiera olvidado la lengua en la cata. Finalmente nos despedimos.
Al dirigirme a la puerta pude ver como las cotillas de Rita y Rosa lo habían estado siguiendo todo desde la ventana. Así que podía imaginar el interrogatorio que me esperaba al entrar en casa.
-Buenoooo, ¿qué tal ha ido la excursión Minerva? Yo diría que mejor que bien…- dijo Rita irónicamente mirando a Rosa de reojo.
-¡Ha sido perfecto! Lo hemos pasado en grande. Lástima que sea una patosa y haya ido encadenando pifia tras pifia. ¡Qué vergüenza he pasado! Arnau es encantador, todo un caballero- dije con cara de locamente enamorada.
Entonces les expliqué con todo lujo de detalles el maravilloso día que había pasado con Arnau y también, ¡cómo no!, todos mis patéticos percances.
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lunes 19 de abril de 2010
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